Sunday, 30 August 2015

Viernes, de vuelta a casa.


No me suelo poner triste muy a menudo pero este día, los viernes,  cuando vuelvo del trabajo siempre me roba alguna lagrima; ese trayecto que transcurre desde donde el autobús me dice - hasta la próxima - a alcanzar la puerta de casa me crea mucha nostalgia.

Al doblar la esquina y empezar a andar por esa acera de la izquierda, oscura, fría por que el aire corre de otra manera, como si no hubieran cerrado la puertas, con olor a invierno que sale por las chimeneas,  un olor a bosque, a leña quemando lo bueno y lo peor del día. Dejando atrás el reflejo de las distintas luces que salen de todas y cada una de las puertas que acompaña el camino  y ... darme cuenta que me falta algo, entonces me acuerdo. 

Es una sensación de vacío, de soledad que impregna todo mi cuerpo, mi alma, mi aliento. Las ideas vienen a mi cabeza y me recuerdan que no hay nadie esperando, que el día paso y será otro viernes mas. Otro día sin andar de su mano, sin reírnos de lo cotidiano, sin disfrutar de esa cena, sin regalarnos lo mágico.  

Luego se me pasa, por que en realidad siempre hay alguien en casa; si no es uno que llega es otro que se va y en el fondo siempre estoy rodeada, pero no acompañada. Es difícil estar acompañada en una ciudad como esta, mas que nada por que siempre tienes algo que hacer e intentas absorber cada segundo para no perderte nada, aunque sea con alguien, pero sigues sin estar acompaña.